MACBETH

indice2Autor: William Shakespeare

Poco y mucho se puede decir de este clásico de la literatura universal.

Me limitaré a anotar mis impresiones de la última re-lectura de esta tragedia. Como todas las de este magistral autor, se traza en ella con una profundidad dificilmente inigualable las pasiones humanas: ¿quien no identificaría el amor con Romeo y Julieta, los celos con Otelo o la venganza con Hamlet?

Pues bien, nos encontramos ante Macbeth o la ambición. El argumento es sobradamente conocido: Macbeth amparado en unas engañosas profecías de unas brujas decide asesinar a su rey y tomar la corona. Se deja poseer por el ansia de poder y se cree invencible ante lo que él cree que es su destino. Junto a él, su esposa -la perversa Lady Macbeth- personifican la ambición y el deseo de poder sin límites, que les lleva a cometer cualquier tipo de crimen y a traicionar a personas a quienes deben lealtad absoluta.images

Interesante  engranaje entre destino y libertad. Diferente del destino griego (el “fatum”) que se cumple inexorablemente:hagas lo que hagas no puedes escapar al destino porque éste ya está escrito. No es así con Macbeth. En un mundo de inspiración cristiana la libertad es quien protagoniza el drama. Aparecen elementos fantasmagóricos  – tres brujas que representan la oscuridad y el caos- de modo similar al coro griego aunque con otro significado.  El destino y la muerte: el vaticinio de las brujas no determina el curso de los acontecimientos, sino que sirve tan solo para desencadenar la tormenta de lo humano, con sus constantes sacudidas y vaivenes entre el mal absoluto. A diferencia de la tragedia griega, no se trata de un destino del que él no es protagonista (el destino de los dioses), sino que es consecuencia de sus propias pasiones. De hecho en Shakespeare los personajes asumen la responsabilidad y el consiguiente castigo por sus decisiones.

Produce una sacudida la descripción de los remordimientos de conciencia: si algo han perdido Macbeth y su esposa después del crimen es el sueño. Al invocar el mal, el mundo de las sombras y de la muerte, ambos vivirán sin reposo. Lady Macbeth intenta lavar las manchas de sangre imaginarias de sus manos.  “Aún huele a sangre. Todos los perfumes de Arabia no desinfectarían esta mano”. Y la locura es el medio de evadir la culpa como una manera de refugiarse ante el patetismo e irracionalidad de sus actos. Ambos personajes necesitan la enajenación como un refugio mental.

Todo es absurdo cuando uno ya no distingue el bien del mal. Para justificarse, el hombre recurre al nihilismo, a la imposibilidad de sentido. Y acaba creyendo que la vida “no es más que un cuento contado por un idiota,lleno de ruido y de furia, que no significa nada.”

La ley del menor

xpx-gif-pagespeed-ic-ukj61dcgav1444643867_201342_1444644043_sumario_normalAutor: Ian Mc Ewan

En la Europa actual,  queda muy mal “salirse de la fila”. Si en el siglo pasado el tabú era el sexo, ahora lo es la religión. A la sombra de la religión parece que peligran todos los “codigos democráticos” y además se ponen bombas en nuestras calles en su nombre. La religión es un peligro y cuanto más lejos, mejor.

La protagonista, Fiona Maye, es una jueza de familia que aplica la ley con fría racionalidad. Encima de la mesa tiene un caso: un adolescente, testigo de Jehová, que se niega a una trasfusión de sangre sin la cual perderá la vida en pocas semanas.

En paralelo, Fiona vive su propio conflicto en casa: con 60 años, sin hijos y dedicada a su trabajo, el aburrimiento hace que su matrimonio se esté yendo al traste. Un buen día, su marido dice que “se le está pasando el tren” y le pide su consentimiento para tener una aventura de vez en cuando. No quiere romper el matrimonio, sólo quiere un poco de “chispa”. Ella aplica las normas: o en casa o fuera de ella. Y su marido coge las maletas. Fiona a pesar de moverse en la seguridad de lo correcto se siente profundindiceamente insatisfecha consigo misma.

Mientras en los juzgados, tiene a un chaval que le rompe los esquemas. A punto de cumplir 18 años, la decisión está en manos de Fiona: si prima el derecho a morir por sus convicciones o si hay que actuar racionalmente y hacerle la trasfusión presuponiendo que está altamente condicionado por su educación familiar.

El resto, se lo dejo al lector… Pero la pregunta queda en el aire: ¿se puede sobrevivir sólo con la razón?